Por Vanesa Seitz
La adolescencia no constituye un concepto propio de la tradición psicoanalítica. Se trata de una categoría proveniente de otros campos del saber que el psicoanálisis retoma para interrogar los efectos subjetivos del despertar puberal. Mientras que la pubertad remite a una metamorfosis biológica y a una irrupción pulsional, entendemos la adolescencia como el trabajo psíquico mediante el cual cada sujeto intenta responder a ese encuentro traumático.
Este tiempo se inaugura como un exilio subjetivo [1]. El joven queda exiliado del cuerpo infantil, de las significaciones que hasta entonces organizaban su existencia y del lugar que ocupaba en el deseo del Otro. Freud señala que, durante este período, el sujeto debe abandonar el autoerotismo infantil para orientarse hacia el hallazgo de un objeto exogámico, al mismo tiempo que se produce el desasimiento de la autoridad de los progenitores, proceso que describe como uno de los logros psíquicos más dolorosos, pero también más importantes de esta etapa [2].
En el pasaje desde la relativa estabilidad de la infancia hacia el territorio incierto de la pubertad, el sujeto experimenta una profunda extrañeza. Las identificaciones que organizaban su mundo vacilan y los semblantes que ofrecían una cierta orientación dejan de hacerlo. Se produce entonces una hiancia de saber. El encuentro con el real de la pubertad confronta al sujeto con un límite estructural: el Otro no dispone de un saber capaz de responder la pregunta sobre qué ser un hombre o una mujer. La irrupción pulsional pone de manifiesto la inexistencia de un significante que pueda escribir la relación entre los sexos, es lo que Lacan formaliza mediante la tesis de que no hay relación sexual [3].
Frente a esa ausencia de garantía, el sujeto se ve llevado a producir una invención singular. La adolescencia puede entenderse entonces como el tiempo lógico necesario para construir una respuesta propia frente a aquello que irrumpe en la pubertad sin inscripción previa. La clínica con adolescentes, entonces, exige “moderar la potencia del dispositivo analítico” [4], no se trata de empujar al sujeto hacia la verdad o de descifrar rápidamente, sino de favorecer el “cifrado” [5] y la invención de nuevos anudamientos.
Siguiendo la tesis de A. Stevens, podemos afirmar que “la adolescencia es el síntoma de la pubertad” [6]. Si la pubertad representa el “malencuentro” con un real que no tiene ley ni programa, la adolescencia es la solución, la invención singular con la que el sujeto intenta arreglárselas con ese imposible. El síntoma ya no aparece como un accidente del desarrollo ni como un déficit que deba corregirse. Esto no constituye solamente una particularidad de la clínica con adolescentes, es un principio que atraviesa toda la práctica analítica. El psicoanálisis nunca ha tomado como objeto de trabajo a los diagnósticos, sino al sujeto y al modo singular en que cada uno responde a aquello que lo determina.
Desde esta perspectiva, las autolesiones, los consumos problemáticos, el repliegue en el mundo virtual, la adhesión apasionada a determinados ideales, las identificaciones grupales o incluso ciertas nominaciones identitarias no deberían pensarse como trastornos o desvíos. Sin desconocer el sufrimiento que pueden implicar, es posible leerlos como intentos de construir una orientación allí donde las referencias anteriores han perdido eficacia.
No se trata de preguntarse únicamente qué hace un adolescente, sino qué intenta resolver mediante aquello que hace. Ese desplazamiento, que puede parecer sutil, modifica radicalmente la posición del analista y constituye, quizás, una de las principales enseñanzas que ofrece la tesis de Stevens para pensar la clínica de la adolescencia. El interés deja entonces de recaer sobre la conducta para desplazarse hacia la función que esa conducta cumple para ese sujeto. No se trata de desconocer el sufrimiento ni de minimizar la gravedad que pueden adquirir ciertas presentaciones clínicas, se trata de no reducir al sujeto a aquello que hace. Decir que la adolescencia constituye el síntoma de la pubertad implica desplazar la pregunta desde el fenómeno hacia la función. Es una pregunta diferente y, sobre todo, una orientación clínica.
Si la adolescencia constituye la respuesta singular que cada sujeto encuentra frente al real de la pubertad, esa respuesta nunca se produce por fuera de las coordenadas de la época. Las condiciones simbólicas en las que un adolescente debe inventar su solución no son las mismas hoy que hace un siglo. Si en la época de Freud la adolescencia podía pensarse, como propone Damasia Amadeo [7], como una “rebeldía dentro del Edipo”, es decir, como una confrontación con un padre que todavía conservaba eficacia normativa, la clínica actual nos enfrenta más bien a una “rebeldía dentro de la desorientación”. En la época del Otro que no existe [8], caracterizada por el declive de los ideales tradicionales y la pérdida de consistencia de las figuras de autoridad, el sujeto dispone de menos referencias simbólicas para orientarse frente al despertar puberal.
En este contexto, proliferan modos de tratamiento del goce en los que las mediaciones simbólicas tradicionales pierden eficacia. La urgencia suele localizarse directamente en el cuerpo mediante autolesiones, trastornos alimentarios o consumos problemáticos. En otros casos, la orientación se construye a partir de identificaciones horizontales con grupos de pares, comunidades virtuales o nominaciones compartidas que ofrecen un modo de inscripción allí donde los antiguos ideales ya no ordenan la experiencia. Del mismo modo, los objetos tecnológicos pueden adquirir una función privilegiada como soportes del circuito pulsional, al ofrecer una satisfacción inmediata que intenta obturar la experiencia de la falta.
En este contexto, nos encontramos con posiciones de rechazo del Otro que suelen conducir al aislamiento o a circuitos de goce autárquicos que desafían la operación analítica clásica basada en la suposición de saber, interpelando directamente la práctica. Allí donde predominan estos fenómenos, la posibilidad misma de dirigir la palabra del joven a un Otro constituye una intervención clínica. La instalación de la transferencia deja de ser un presupuesto del tratamiento para convertirse, muchas veces, en uno de sus principales objetivos. El analista no ocupa entonces el lugar del experto ni del educador; sostiene la apuesta de que allí donde aparecen etiquetas diagnósticas, actuaciones o conductas disruptivas existe un sujeto capaz de producir una invención singular. Con los adolescentes, la operación clínica no consiste necesariamente en interpretar desde el comienzo, sino en favorecer las condiciones para que aquello que irrumpe pueda adquirir una inscripción subjetiva.
La adolescencia no constituye, entonces, un simple período evolutivo delimitado por la edad. Se trata de un tiempo lógico de transformación subjetiva en el que cada quien debe encontrar un modo propio de hacer con el despertar de la pubertad. Supone una verdadera metamorfosis en la relación con el cuerpo, con el deseo, con el goce y en la relación con el Otro. No se tratará de alcanzar una supuesta madurez ni de resolver definitivamente los conflictos propios de la existencia, sino de consentir a una forma singular de habitar el cuerpo, asumir la pérdida de goce que implica toda inscripción en el deseo y encontrar una posición propia en el lazo social. Desde esta perspectiva, la adolescencia no nombra una edad de la vida sino el tiempo lógico que cada sujeto necesita para inventar una respuesta allí donde el despertar puberal lo confronta con un imposible.
NOTAS
- Lacadée, P. (2018). El despertar y el exilio. Gredos / Ned Ediciones.
- Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. “Las metamorfosis de la pubertad”. En Obras Completas (Vol. VII). Amorrortu Editores.
- Lacan, J. (1971-1972). El Seminario, Libro 19: …o peor. Editorial Paidós.
- Miller, J.-A. (2015). En dirección a la adolescencia. Conferencia de apertura del 3.er Congreso de la ZEP.
- Mitre, J. (2016). La adolescencia: esa edad decisiva. Grama Ediciones.
- Stevens, A. (1998). La adolescencia, síntoma de la pubertad. Universo Psychoanalytique.
- Amadeo, D. Clase de posgrado sobre clínica de las adolescencias (Yoica).
- Miller, J.-A., & Laurent, É. (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética (1996-1997). Editorial Paidós.

